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Justin Bieber, analizando una estrella
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Feb
DJ Harlequin - 14/02/2011

"Justin, mi hija va a tu concierto de esta noche". Una mujer de mediana edad intenta acercar su teléfono móvil a Justin Bieber pasa sacarle una foto. "¿Te apetecería una cita con ella?" El cantante, imperturbable su flequillo y la media sonrisa, sigue firmando autógrafos a la puerta del hotel. Sabe que hoy las madres por instinto de protección pueden ser peores que las hijas. Y, aunque lleve el hecho de tener cientos de millones de fans con la misma naturalidad con que, según él, sale de la ducha y se alborota el pelo, al menos en dos ocasiones la Policía ha tenido que suspender sus actuaciones por motivos de seguridad. Muchos padres lo saben bien. Con sólo 16 años, Justin arrasa entre los adolescentes. Lo descubrió en Internet un ejecutivo de publicidad y hoy tiene cuatro millones de amigos en Facebook y cuatro singles en el Top 40, además de empezar a formar parte de remezclas y ocupar sitio en megamixes. Su gira le traerá a España en abril y vamos a describir las claves de su éxito mundial.
"Me encanta sentirme tan querido en todo el mundo, pero lo primero es que mis fans estén seguras", anotó Justin en su cuenta de Twiter después de que varias de sus seguidoras sufrieran lesiones a causa de los atropellos de la emoción de la masa. Porque él es así: buena parte de su éxito consiste en saber dosificar los gestos de cercanía y preocupación ante la poblada comunidad de afectos que suscita en cientos de millones de niñas y adolescentes del globo. En ocasiones, en mezcla de picardía y de ternura, ha llegado a meter pases privados para el backstage a modo de sorpresa en algunos discos. Y fue célebre su visita como el cumplimiento de un sueño a la niña de tres años que ganó fama instantánea al aparecer llorosa en un vídeo de YouTube al grito de "amo a Justin Bieber". La niña no desaprovechó el encuentro con Justin para pedirle matrimonio.
Es precisamente ese sentimiento de comunidad el que separa a Justin Bieber de todas las estrellas adolescentes que han sido, son y serán. Sin duda, Bieber comparte varios rasgos claves para la nombradía mundial, para ser un ídolo de masas y no una figura de culto o un creador de tendencias: tal y como quiere el canon contemporáneo, es deportivo, sencillo, alegre, sano, juvenil; está dotado de una naturalidad sin malicia y se maneja con la superioridad sin esfuerzo de quien nació para ser estrella. Al mismo tiempo, representa el viraje del canon estético experimentado en las décadas recientes, según el cual el hombre tradicional ha ido suavizando sus rasgos de dureza: tal y como ha señalado recientemente The Atlantic, con la misma edad, el actor Clark Gable lucía varonía mientras que Matt Damon sigue haciendo de perpetuo adolescente. Parte de esa "deseabilidad" de la juventud la encarna Justin Bieber.
El autor de "My world" comparte una misma compostura con otra megaestrella como David Beckham: es una persona lo suficientemente poco posicionada en pensamiento propio como para poder causar irritación. De este modo, cualquiera puede plasmar y proyectar en él lo que tenga a bien. Dicho de otra forma, Bieber asume los cánones de la corrección del día con rara perfección: nadie podría imaginarlo emitiendo una opinión polémica sobre cualquier cuestión candente, del cambio climático a la cuestión racial; todos se sorprenderían si adoptara un aire de rebeldía real o de maldito a lo James Dean. Su condición de hombre en blanco llega al extremo de que ni siquiera es de Estados Unidos, lo cual podría irritar a algunos, o dar pie a quejas por el imperialismo de la industria del entretenimiento, sino que es de un país tan bien visto en todo el mundo como Canadá. Es más, todo su compromiso social todas sus donaciones a causas filantrópicas se dirigen a temas perfectamente asumibles: nada de lucha contra el Sida, nada de militancia a favor o en contra del aborto o el matrimonio gay; sí a todo lo que sea apoyar la erradicación de la malaria o la potabilización del agua en zonas pobres, preferiblemente de la mano de algún otro miembro del star system.
Incluso cuando habla del amor, el cantante es adecuadamente inocuo, llegando a proferir confesiones de tanta carga filosófica como que "el amor no distingue entre personas. Yo no me pongo fronteras", aunque ahora se le relaciona con otra teen, Selena Gómez. Y por esa mezcla de falta de pretensiones con encanto natural, tan bien mercadeada por sus asesores y casa de discos, y que constituye uno de sus mayores valores como marca, Justin llega a desvelar que se pone nervioso cuando le gusta una chica. Nada de eso evita sus frecuentes posados rodeado de corazones, ni la melosidad propia de unas letras donde el amor es tan unívoco y dulce como el arrope: "Sé que me amas, sé que es verdad; sólo hace falta que me llames para que vaya corriendo a tu lado", recita en el tema "Baby". Por si fuera poco, el joven genera la vinculación sentimental de los patosos con gracia (alguna vez se ha caído del escenario) y, por tanto, inspira la ternura de la normalidad.

Como era de esperar, se define a sí mismo en términos muy asequibles: en sus propias palabras, se trata de "un chico normal, que disfruta de las pequeñas cosas, como tirarse en la cama a ver la tele o jugar a la consola". También afirma que "no me complico al vestirme", sino que se pone "una sudadera" porque él es "así y ya está", aunque reconoce que también tiene trajes de Alexander McQueen. En todo caso, se ha definido su estilo como "skater cool" y él afirma sin cortarse que su color favorito es el lila. ¿El rasgo más varonil? Su gusto por los deportes y, concretamente, por los de equipo: el baloncesto y el hockey.

Hasta aquí la vida de Justin Bieber parece seguir el guión previsible y correcto de cualquier producto del márketing actual para niños, alguien que podría perecer en cuanto la voz terminara de cambiarle, el acné adolescente hiciera eclosión con un grano tamaño Vesubio sobre su rostro o (Dios no lo quiera) empezara a perder lustre ese pelo que recoge todas las oscilaciones cromáticas del rubio y el castaño. Sin embargo, el perfil tiene características muy propias. Y esas características se alimentan tanto de la escala desproporcionada de su éxito (recordemos: cuatro millones de amigos en Facebook, casi un millón en MySpace, primer artista en tener cuatro singles al mismo tiempo en el Top 40 y siete en el Top 100) como de su propia historia. Nacido en 1994 y criado por una madre soltera de firmes creencias cristianas, Justin fue autodidacta con la batería, la guitarra, el piano y la trompeta, y en 2007 su familia subió unos vídeos del crio a Internet, vídeos que se encontraría por azar el ejecutivo de márketing Scooter Braun, quien le apadrinó hasta el estrellato.
Tanto su condición de surgido de la nada, sin más fuerza que su propio talento, como el hecho de no pertenecer a la factoría Disney (caso de Miley Cyrus con Hannah Montana) avalan la credibilidad de su éxito: sus fans lo consideran como un producto hecho en casa, auténtico, lejos de Operaciones Triunfos o American Idol, capaz de arrasar sin precedentes en plataformas web antes incluso de poner su primera canción en el mercado, o de ganar nada menos que 3.000 dólares al pasar la gorra tras cantar frente a las puertas de un teatro y, con ese dinero, llevar a su madre a Disneylandia a pasar las primeras vacaciones de su vida. Ídolo contemporáneo, Bieber tenía que nacer al mundo a través de Internet. Pero por si fuera poco, ha sabido caer en gracia a ciertos artistas como Rihanna, Snoop Dog o Justin Timberlake, además de otros astros del rap y el hip hop, que le han ofrecido una legitimidad artística que va más allá de su atracción entre las niñas, preadolescentes y adolescentes que por primera vez van descubriendo para qué sirve el corazón. Y tiene además una serie de marcas de la casa (como el pelo) que maneja con inteligencia, como su vestuario de G-Star, su gusto por ositos de gominola o por el patinaje.
Ahora bien, llegados a este punto, la pregunta es obvia: ¿qué futuro le espera? Las estrellas infantiles tienen difícil reciclaje, pero hay ejemplos de algunos que han sabido recauchutarse. Desde nuestros españoles Miguel Bosé o Pecos, ambos incansables compositores para otros artistas, hasta el trío de hermanos de los Hanson, que una vez ganaron todo el dinero de este mundo y les cambió la voz permanecen en el negocio de la música confeccionando álbumes invisibles para el gran público pero aclamados por la crítica. O Nick Jonas, de aquellos Jonas Brothers que sostuvieron durante años el cetro del pop, que ha fundado Nick Jonas and the Administration conforme al modelo de Bruce Springsteen y su E-Street Band, optando por sonidos más sofisticados.
Lo importante en el caso que nos ocupa es no terminar como el cantante a quien físicamente Justin nos recuerda: el americano Leif Garret, que tuvo un breve paso por la industria del cine gracias a la serie "Tres en la carretera" (su compañero de reparto, Vicent van Patten, llegó a ser un reconocido tenista profesional). Garret perdió sus rizos cuando dejó de ser estrella y desgraciadamente después ha sido conocido por sus visitas a Urgencias por drogadicto. De momento, Justin Bieber está en otras cosas: en comprarle una casa a su madre, y en disfrutar del carné de conducir recién sacado.
¿Y los fans? ¿qué hay detrás de este fenómeno? Contrario a la creencia general, los Beatles no fueron los primeros. El primero fue Elvis Presley, quien puso a centrifugar las caderas de toda la adolescencia de los años 50. Pero la "manía", en efecto, sólo llegó con los de Liverpool. Con todo, los años fueron estratificando el fenómeno fan hasta que en la esquina de los 70 y 80 surgió la figura del "teen idol" o ídolo adolescente. Ahí estuvieron, como hemos dicho, Leif Garret, los Pecos (vendieron más de dos millones de discos) o el mismo Miguel Bosé. De vuelta a la música en inglés, los 80 y lo 90 verían el auge sucesivo de New Kids on the Block, Take That, Backstreet Boys o las Spice Girls hasta ahora, en el siglo XXI con Justin Bieber.

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