Es una estación que, como ninguna otra, ha llenado el baúl de los recuerdos y ha construido nuestra educación sentimental hasta convertirnos en esclavos del pasado. Georgie Dann y otros osos polares de la música chimpún-chimpún salen de inventar a principios de cada junio y llevan décadas tratando de pervertir el verano con canciones compuestas para resacas sin tregua. Pero el verano resiste cualquier atentado auditivo y son muchos los compositores y cantantes que han cantado al verano sin otro objetivo que recuperar con palabras y notas la luz de una estación en la que con más o menos éxito todos nos convertimos en Livingstones del amor, de la tristeza, de la añoranza, de la amistad y de los paraísos perdidos o imaginados.
En "Mediterráneo", Serrat cantó al mar de sus primeros chapoteos amorosos con la piel rebozada de arena. Y también Los Rebeldes dedicaron una canción al Mare Nostrum con más éxito que gloria, y unos estribillos ("Mediterráneo, ruta de calor. Mediterráneo, el templo del sol. Mediterráneo, noches de luz y color. Mediterráneo, tierra de pasión. Mediterráneo, ruta de calor. Mediterráneo, ruta de calor. Mediterráneo, eterno verano al sol") merecedores del peor guateque de Benidorm, en línea con el desparpajo de Los Diablos, grupo del pop patillero que regaló a la España de un Caudillo babeante una lobotomía en forma de estribillo que repetía "Un rayo de sol, oh, oh, oh". Aunque la metáfora era anodina como una paella preparada con abadejo, el karaoke le ha dado una inmortalidad merecida. Pero el verano ilumina los mares de todo el mundo, y calienta las playas en las que los besos tienen sabor a sal, sabor amargo o sabor a cosas perdidas. Incluso Sabina vivió un amor de verano con un final entre amargo y lamentable. Le dieron las diez y la chica del bar le duró lo que dura el sueño de una noche de agosto. Al verano siguiente, y como una broma macabra, volvió al pueblo pero nunca más pudo volver a experimentar lo que era que le dieran las diez, las once, las doce y la una junto a la reina del único bar abierto. Quién dijo que el verano no es a veces un cruel juego de azar.
Ahora bien, que no llore Sabina. El crooner duro entre los duros, Frank Sinatra, también suspiró como un adolescente por un amor perdido en "Summer wind". De haberlo sabido, al de los ojos azules le habría esperado su amada con la condición de que le susurrara al oído y "adivina quién suspira sus arrullos, en las interminables noches, mi inconstante amigo el viento de verano", antes de partir, solitaria, rumbo al otoño. Cuando del amor se trata, la mayoría de los músicos suelen evocar los veranos como un pozo sin fondo de amores perdidos. ¿Recordáis a Jennifer O´Neil , aquella fugaz estrella de cine que iluminó el patio de butacas en 1972 con la película "Verano del 42"? ¿Qué hombre no cayó en una depresión de caballo por no haber vivido un amor de adolescencia con una mujer que espera la llegada del marido llamado a filas? Ella se llamaba Dorothy y el afortunado adolescente, Hermie, y bajo los influjos de la luna sonaba la melodía "The summer knows" compuesta por Michel Legrand y que cantaron en teatros de medio mundo Andy Williams y Barbra Streisand confesando la tristeza de Dorothy al recibir a finales el telegrama comunicándole la muerte de su amado. "Y, si ha aprendido la lección bien, no hay mucho más que decir, es el momento de vestirse para el otoño..." Para Hermie ese verano fue el último verano luminoso, aunque depende de quién cantara el inolvidable "Summertime" de Gershwin, la vida era más o menos fácil en "Les temps des cerises". En la voz a dúo de Louis Armstrong y Aretha Franklin, durante el verano la vida es fácil y los peces saltan y el algodón crece desafiando a la gravedad. Pero cantada por Janis Joplin y su voz de cristales rotos con olor a bourbon parece que el verano vaya a arder como el alcohol de alta graduación. Y eso que Janis fue musa y ángel caído del verano del amor, sexo, drogas y rock ´n´ roll.
La capital de aquellos veranos fue San Francisco y si The Mammas and The Pappas fue el grupo que quiso calentar el planeta con el sonido folk californiano, fue Scott McKenzie quien invitó a ir a San Francisco con la recomendación de llevar flores en el pelo para experimentar el verano del amor perdido entre una multitud de seres libres. Antes habían abierto la veda playera The Beach Boys con sus "California girls" montadas sobre tablas de surf, y The Beatles habían dado el pistoletazo de salida al movimiento hippie de pigmentos veraniegos con "All you need is love". Un buenrollismo cortado de cuajo por Pink Floyd cuando anunció el fin del sueño en "Summer 68". Para el grupo de Waters y Barret, había demasiado amor para ser cierto: "Nos conocemos apenas desde hace seis horas, la música estaba demasiado alta, en tu cama gané un día y perdí un maldito año". A pesar de que Barret tornó su cerebro en psicotrópico con una capacidad visionaria inaudita, ese verano se alargó hasta principios de los setenta, cerrado a cal y canto y sin posibilidades de redención con las muertes de Jimmy Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison, el american prayer enterrado un día de julio en el cementerio parisiense de Père-Lachaisse y que en el verano del 67 escribió para su amada y santa Pamela la canción "Love street" sobre la arena de Venice Beach: "Ella tiene vestidos y tiene monos. Perezosos lacayos llenos de diamantes. Ella tiene sabiduría y sabe qué hacer".
Pero habia vida lejos de California, y la Costa Azul francesa estaba al borde del ataque de nervios por culpa de Dios y de una creación de las suyas llamada Brigitte Bardot. Su faceta de cantante ha quedado olvidada, pero la Bardot hizo soñar a miles de bañistas con la posibilidad de un encuentro furtivo con la diosa flotando sobre una colchoneta de playa. "La madrague", título inspirado el nombre de la casa de la actriz, fue el éxito musical de 1968, pocos años antes de que se retirara del mundanal ruido y se encerrara con un asno, siete perros, 70 gatos y tres cabras. Por la alcoba de Bardot con vistas al puerto de Saint Tropez, la prensa francesa contabilizó que habían pasado 42 amantes, entre los cuales había algunas estrellas del firmamento de la canción, desde el bello Sacha Distel al seductor Gilbert Becaud, pasando por el taciturno y raro como la madre que lo trajo al mundo Serge Gainsbourg, el autor de "Sea, sex and sun". Para desilusión de los voyeurs, Brigitte prefirió a los animales que a los hombres como compañeros de una casa de verano a la que echaba en falta cada vez que volvía a París.
A pesar de los muchos amantes abandonados ahogados bajo el peso de la melena rubia de la francesa y de los millares de jóvenes caídos en pos de la felicidad universal, Bryan Adams escribió una canción repleta de nostalgia titulada "Summer of 69": "Aquellos fueron los mejores días de mi vida, volviendo al verano del 69, yo y mi nena en el 69". Un estribillo o un himno dedicado a un estío en el que aprendió a tocar la guitarra hasta que sus dedos sangraron. La cantidad de músicos que asentaron su vocación encerrados en garajes, habitaciones o salas de fiesta durante las vacaciones escolares es imposible de enumerar. Tantos como los padres con problemas auditivos. Los veranos en New Jersey eran tan grises como el mar que lanzaba sus olas sobre las cosas de Asbury Park. Lo escribe Bruce Springsteen en "Girls in the summer clothes". Las chicas enfundadas en sus ropas ajustadas de verano iluminan más que la luz de neón del comedor de Frankie y son el único aliento fresco de un lugar gris, sin horizontes multicolor.
No todo el mundo tiene la capacidad de funcionar como si le hubieran metido en vena un tripi veraniego para cantar con la alegría del grupo Mungo Jerry y su líder Ray Dorset. Su "In the summertime" es uno de los discos más rayantes y rayados a lo largo de décadas, y aunque Dorset y sus Mungo Jerry se empeñen en convertir el verano en una juerga interminable de ligues y alcohol ("In the summertime - when the weather is high - you can stretch right up - an´touch the sky - when the weather´s fine - you got women, you got women on your mind"), venga una y otra vez la misma melodía, tanta felicidad es sospechosa y encierra muchas medias verdades, a pesar de que la canción arrasa en el verano de 1970 en Gran Bretaña. Ni Olivia Newton-John ni John Travolta metidos en el papel de Sandy y Danny pueden convencernos de los catárquicos efectos del verano. En "Grease" saltaban como cabritillas traviesas sobre las olas, enardeció su amor con la melodía de "Summer nights". El verano invita a la cursilería a pesar de que los murciélagos campen a sus anchas por mansiones campestres de alcurnia. La culpa la tienen ciudades como París, en la que los amantes pasean como dos pajaritos enamorados por las calles del Quartier Latin sin miedo a los cacos. Abba cantó al amor en "Our last summer", una postal musical en la que aparecen Notre Damme, la torre Eiffel, el Louvre, la Mona Lisa, el Sena, los cruasanes y el pan con mantequilla y mermelada. Se pasaron por el Arc du Triomphe las baguettes y las mujeres en flor de Montmartre. En la ciuda del amor también vivieron su último verano Lady Di y Doddi Al Fayed antes de estrellar su coche en el Pont d´Alma. Su muerte ocurrida a finales de agosto no hizo más que incrementar las ganas de los trovadores de ridiculizar el París de Sartre, Beauvoir o Vian.
Por suerte, sujetos que viven alejados de los rayos uva como Patti Smith y The Cure pusieron los puntos sobre las íes demostrando que en verano también brilla la otra cara de la luna. Patti Smith compuso "Summer cannibals" y, como un ángel negro arrullando el micrófono, decía: "Another piece of meat - and I opened up my veins to them - And said come on eat - Eat the summer cannibals - Eat eat eat". Ni cremas ni leches solares, lo más adecuado para no padecer tumores neoplásicos es transmutarse en Robert Smith y los miembros de The Cure, cuyo legado al estío es "The last day of summer", con metáforas del tipo "Nothing I dream - Nothing is new - Nothing I think or believe in or say - Nothing is true". Hay gustos para todo. Y para algunos nostálgicos, los veranos tienen la luz de la película "Zodiac". El asesino en serie es un extra. Una luz dorada sometida a un calor aplastante mientras los veraneantes pasean en bicicleta sin ninguna otra perspectiva que pasar el rato antes de que el frescor nocturno les devuelve la dignidad. Lamentablemente, existen varias generaciones españolas marcadas por una serie de televisión que ha quedado más antigua que un sofá de escay. Me refiero a "Verano azul" y, en partircular, al último capítulo, en el que Chanquete es enterrado con los atributos de un dios vikingo. El verano dijo adiós al pueblo de Nerja y una canción del Dúo Dinámico titulada "El final del verano" acabó de dar la estocada a los miles de jóvenes que habían aguantado como jabatos un llanto guardado a lo largo de los capítulos. Allí, montados en sus bicicletas, afónicos de tanto gritar "Chanquete a muerto", paseaban Tito, Bea, Javi, Piraña, Pacho, Desi, Quique y Julia al sol de "El final del verano y tu partirás. Yo no sé hasta cuándo este amor recordarás. Pero sé que en mis brazos yo te tuve ayer. Eso sí que nunca, nunca yo olvidaré".
Que levante la mano quien haya salido indemne de un verano cualquiera. Sólo por el hecho de flagelarnos a nostalgias, julio y agosto deberían ser meses prohibidos. Para bajar el telón a este paseo con el cantar de los grillos y el rumor de la brisa como fondo instrumental, nada mejor que Amaral y su "Días de verano": "Desde esos días de verano, vivo en el reino de la soledad. Y nunca vas a saber cómo me siento, nadie va a adivinar cómo te recuerdo".