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Agitado, no mezclado (III)
20
Feb
DJ Harlequin - 20/02/2010

Alguien dijo alguna vez que la noche de Barcelona es una copa que nunca se acaba. Se debería añadir que es un cóctel de los difíciles de los que sólo los buenos bármanes saben mezclar para que al final ese trago resulte sorprendente, seco y con grandes trozos de fruta dulce, que siempre seduce a través del cristal. La noche en la Ciudad Condal tiene muchos ingredientes, a primera vista irreconciliables, pero que coexisten en armonía y se transforman en una mezcla atrayente y sabrosa: luces taberneras y añejas, orientales también, que se mezclan con irradiaciones constantes de neón azul y rosado; latas de cerveza a pie de calle a un euro, y a dos pasos, las coctelerías, los laboratorios de la perfección líquida.
Hace poco más de medio siglo, la burguesía barcelonesa y los artistas que degustaban cócteles se movían entre tres opciones: el Cocktail Bar Boadas, el equivalente en Barcelona al Floridita de La Habana o al Waldorf Astoria de Nueva York, y donde Hemingway se sentó a probar algunos cócteles; el Dry Martini, que lleva el nombre del cóctel más famoso y querido en Cataluña y que es, de la mano de Javier de las Muelas, una de las coctelerías más creativas de la ciudad; y el Ideal Cocktail Bar, donde José María Gotarda, representante de la tercera generación familiar que regenta el local, es hoy un alquimista solicitado. Los locales nocturnos donde tomar cócteles en Barcelona se están multiplicando y diversificando. Decenas de "flyers" de los lugares más cool ya llevan estampado el perfil de la copa cónica de trago corto, y la palabra cóctel se combina en cientos de nombres de bares y restaurantes con brush, bar, pub, night o lounge.
Una posible explicación a este fenómeno la da Pagoa, un estudiante de "coolhuntin" ("cazador de tendencias"): "La gente quiere sentirse especial, diferente. Una cerveza se la puede beber todo el mundo, pero un cóctel puede definir tu personalidad. El nombre es evocador y puede estar compuesto por seis ingredientes distintos, así que parece que te lo hayas hecho tú mismo".
El cóctel representa, por tanto, la bebida irrepetible, individualizada, hecha a medida. Resulta fácil conocer la conexión perfecta y sin fisuras que había entre Sean Connery y su martini vodka cuando era James Bond, el que os mencionamos a lo largo de estas entregas. O de qué manera los gimlet acompañaban a Bogart cuando encarnaba a Philip Marlowe, el detective más famoso de toda la historia del cine negro. Quizá también tenga sentido que Carlos, que regenta el Dacksy Coctail Bar, no revele la receta de su exitoso Dacksy Tonic y sólo diga que se trata de un gin tonic con ginebra Premium de cinco destilaciones y que lleva lima natural.
Los lunes y los jueves, el Dacksy recibe a Sara, una tarotista que disipa dudas vitales entre copas. Curioso trabajo, pero es distinto lo que uno se plantea antes de pedir la mezcla o mientras la está saboreando. O cuando se agita la copa desde la base, y el líquido en movimiento es el ir y venir de las ideas. Aunque puestos a suponer, las dudas que aparecen después de beber el cóctel deben ser las más sinceras, las más precisas. Lo que parece obvio es que incita a la exploración interior. O al menos es es lo que se deduce de las costumbres de una de las grandes protagonistas del renacer de los cócteles en el mundo: Sarah Jessica Parker. Sí, os hablamos de la actriz. El éxito de los cócteles también puede explicarse por un modelo televisivo, así que habría que agradecerle a ella, Carrie en la serie "Sexo en Nueva York", que reflexione sobre su turbulenta y glamurosa vida de periodista sentimental con un cosmopolitan en la mano. Así lo cree Mathew, el barman de origen inglés de Granados 83:
"Todas las mujeres quieren un cosmopolitan. Hay un misterio en los cócteles que aparecen en esa serie"
Mathew, que lleva 10 años en la profesión, añade que él está especializado en este cóctel y en tés helados. La decoración del hotel Granados 83, de cuatro estrellas, está inspirada en el Soho londinense y tiene una colección de esculturas tailandesas de amor explícito. Cuando se observa a Uma Mahasura, diosa hindú del siglo X, amando a su hombre eternamente en el vestíbulo, vienen a la cabeza expresiones como "elixir del amor". Conviene recordar que un cóctel es también una fiesta al atardecer, por lo que es fácil llegar a la siguiente conclusión: si Uma tuviera que elegir un restaurante donde tomar una copa en Barcelona, elegiría el Buda. Música con tintes orientales, luz tenue y roja, velas pausadas, sillones barrocos de sultán y un enorme Buda dorado que bendice a los mortales con una media sonrisa. El local es una especie de limbo donde el tiempo ha dado una tregua en el momento más dulce. Las camareras no son bellas, son sirenas inmortales vestidas con telas granates. Isaac, un atento camarero, cuenta que a partir de las once el Dj pincha música y que la gente, cóctel en mano, se deja llevar por las sombras dudosas. Los más pedidos, el mojito, los combinados con vodka y los cosmopolitan.
Dicen que los cócteles surgieron como mezclas improvisadas para compensar la mala calidad del alcohol durante la ley seca de 1920 en Estados Unidos. Y que la inocente Betsy Flanagan, en una posada neoyorquina en el año 1779, y sin quererlo, inventó el vocablo "cóctel" cuando servía a unos soldados franceses unas tónicas con licor que había adornado con algunas plumas de pollo. Uno de ellos usó una para remover la mezcla. Entonces Betsy gritó: "¡Vive la cock´s tail!" ("¡viva la cola del pollo!), o "¡vivan los cócteles!".
El tiempo se está extendiendo en las paredes de madera del Ideal Cocktail Bar. También se posa en los respaldos de las butacas de piel, y en los cuadros de Fierro y Abelló que retratan a hombres con sombrero conversando en una barra. Pero se detiene cada vez que, desde hace 76 años, flota humo de puros por la tarde, o cada vez que el barman, impecablemente vestido con una chaqueta blanca y pajarita, saluda con discreción mientras seca con perfectos movimientos una copa. "La moda de los cócteles se explica por el nuevo interés por la gastronomía y porque este mundo cada vez implica a gente más joven", explica Josep María Gotarda, dueño del lugar. En el botellero de Ideal hay 300 variedades de whiskys de malta y 28 referencias diferentes de ginebra. Últimamente se han especializado en gin tonics, gracias a que Guillermo, el barman, fue campeón de España en esta especialidad hace 10 años. "La gente se pone en nuestras manos. Hay una confianza total. Incluso he conseguido que se sorprendan al ver que les gusta un cóctel hecho con brandy, que se considera demodé". Generalmente, la música no se oye en ideal: "Aquí prima la relación humana", dice Gotarda, que al rato atiende a dos jóvenes sumilleres que le preguntan sobre destilados. "Como cócteles de la casa tenemos el Tchaikovsky, con vodka y Calvados, o el Open Day, con piña y cava. Pero si quieres, me invento uno: Kamikaze; ginebra, cointreau, vodka... y algún ingrediente secreto".

Continuará...

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